Indómita Aurora

CAPÍTULO 1

Valencia, marzo de 1971.

Carlos salió como pudo por uno de los estrechos callejones de la Plaza Redonda. Agobiado por los empujones y la marea de gente que lo arrastraba, consiguió llegar a la plaza contigua, la de Lope de Vega. Era día 18 y en plenas fallas el centro de Valencia se había inundado de personas que caminaban en masa de un lado a otro. Detuvo un momento el paso para recomponerse, no sin llevarse otro par de empujones. Estiró la espalda y tomó aire profundamente. Fijó la mirada en la estrechísima fachada del edificio que tenía enfrente, de aproximadamente un metro de ancho, y recordó con una sonrisa sarcástica los chascarrillos azucarados de la gente sobre la construcción: el propietario había decidido edificar así por ahorrarse dinero, puesto que se pagaba por metros de fachada.
Carlos había preparado la cita de la que acababa de salir vistiéndose con lo mejor que tenía en el armario: pantalón marrón de pinzas que su madre le planchaba marcando bien la raya, camisa blanca de manga corta y chaqueta beige de punto, que se abotonó, puesto que las noches de marzo en Valencia son un contrapunto del soleado y caluroso día. Era un muchacho delgado pero musculoso, con nariz afilada y pelo moreno, que se peinaba con la raya al lado poniendo a su cabello una buena cantidad de brillantina. Su madre siempre les decía que, aunque escaseara el dinero, tenían que ir lustrosos.
Trabajaban tanto su padre como él, pero mantenían una vida austera, ahorrando todo lo que podían de los dos sueldos.
Las luces le deslumbraron al subir los ojos hacia arriba para repasar con su mirada la silueta de la finca. No prestó atención a la colorida falla ya que le distrajo una curiosidad: en el acceso de la vivienda estrecha estaban la abuela y la madre vistiendo a la niña de fallera. Otra vez afloró en su rostro la sonrisa de sarcasmo, que chocaba con el sentimiento real que experimentaba en ese momento, pues debido a la voluminosidad del traje no habían podido vestirla dentro de casa.
Cruzó la plaza dejando a su izquierda la iglesia de Santa Catalina. Precisamente no hacía mucho que la había visitado y su historia había provocado en él fascinación: la iglesia estaba alzada sobre una mezquita, había sufrido un incendio en el siglo XVI reconstruyéndose más tarde y disfrutando de una remodelación en el siglo XVIII, aplicándole el estilo barroco conforme a la moda en auge, y confiriendo carácter a su preciosa torre. Era una de las más originales de la arquitectura española.
Nada más poner el pie en el pisoteado adoquinado la calle de la Sombrerería le llegó un olor intenso a buñuelos de calabaza recién hechos, lo que sacudió violentamente su estómago. En la puerta de la famosa Horchatería Santa Catalina se amontonaban turistas junto a lo más granado de la sociedad valenciana, que esperaban para saborear el maravilloso chocolate que se servía dentro. Tropezó con un adoquín suelto, y debido a la estrechez fue a parar contra un cartel que anunciaba la película «Adiós cigüeña, adiós». La había visto unos días antes con su amigo Bernat. La cinta había pasado las tijeras de la censura gracias a la sensibilidad y delicadeza con las que se trataba la historia de amor entre dos adolescentes. Apenas unos pocos fotogramas dejaban ver de la forma más casta posible como los jóvenes tenían una relación íntima que culminaba en un embarazo secreto como no podía ser de otra forma. A Carlos le hacía gracia que la película empezara con un epígrafe de San Agustín que decía: «Si lo que escribo sobre la generación de los hombres escandaliza a personas impuras, que se acusen de impureza y no de mis palabras». Era como si el director hubiera puesto al final de la película: «y entonces despertó» para exonerarse de cualquier culpa.
Enfrascado en el descubrimiento impactante realizado minutos antes siguió caminando lentamente hacia su casa en la Calle Sagunto, por lo que pasó por la Plaza de la Virgen.
Oyó la música de las bandas marcando el paso de filas interminables de falleras. Movían las faldas coloridas al son de las notas musicales mientras portaban entre sus dedos las flores para ofrendar a la Maredeueta.
Apretó con fuerza la carta que llevaba en el bolsillo, arrugada, encerrada dentro de su mano. Aquel sobre había despertado en él una mezcla de intriga, miedo y rubor. Tenía prisa por llegar a casa, donde la podría abrir y leer. Volvió a planear los pasos que daría una vez estuviera allí. Esperaba poder esquivar a su atareada madre, que estaría ocupada con la cena. Supuso que su padre no habría llegado todavía de trabajar. Podría encerrarse en su dormitorio donde encontraría la privacidad que necesitaba.
Cuando aquella joven misteriosa, de tez blanca y cabello rizado del color de la mantequilla, lo había asaltado la tarde anterior a la puerta de la fábrica donde trabajaba con la excusa de tener algo muy importante que revelarle, nunca pensó que fuera algo de tanta gravedad. Pese a la frase que ella le había dicho: «tu padre es un asesino», confiado de conocer bien a su progenitor no le había rendido cuentas a aquel encuentro. Pero algo había cambiado ahora. Se reconoció a sí mismo haber acudido más por el interés que le había despertado aquella muchacha de belleza extraordinaria, que por lo que le tuviera ella que decir. Sonrió, pícaro, y sintió en ese momento el aguijón de una abeja clavarse en su corazón. El encuentro no había resultado tan agradable como esperaba. A sus 18 años acababan de contarle algo que cambiaba completamente la historia de su familia.
Cruzó el Pont de Fusta con la mirada perdida en el antiguo cauce del río. Siempre que pasaba por allí recordaba que no hacía tanto, ese cauce ahora seco, se había desbordado hasta inundar toda Valencia.
Él tenía cuatro años cuando ocurrió, pero en su recuerdo más temprano tenía las conversaciones temerosas y empáticas que sus padres y abuelos mantuvieron a lo largo del tiempo con referencia al suceso. En la casa grande de labranza en la que vivían, La Casa Del Puchero, ubicada cerca de Requena, también había llovido intensamente los días anteriores al desbordamiento del río. Lo vivieron con miedo, pero las consecuencias más graves se dieron en la capital, que recibió el caudal de un río crecido que avanzaba con furia entre los días 13 y 14 de octubre. Las inundaciones rompieron de súbito con las ilusiones de unas personas que, aunque hambrientas, reflejaban en sus rostros la alegría de una tierra colorida, de un clima excepcional, de un orgullo de la ciudad en la que colindaban las últimas calles con las huertas que se extendían infinitamente. El Turia era el eje alrededor del cual había crecido la ciudad desde la época de los árabes. Ese flujo de vida se había derramado arrastrando la vida y dejando la muerte a su paso. Ochenta y una personas habían fallecido, la altura del agua alcanzó los 5.20 metros. En algunos lugares del barrio del Carmen todavía se podía ver algún pilar o un fragmento de pared enladrillada en la que se apreciaba la marca del agua… era el recordatorio de la desgracia que les hacía mirar la vida con amabilidad y respeto.
Carlos se giró en mitad del puente para contemplar las Torres de Serranos, y se imaginó con el agua tapando la base. Inconscientemente se miró los pies, vio como le llegaba el agua hasta las rodillas y subía a gran velocidad hasta casi cubrirlo. Sintió que se asfixiaba. Sacó un cigarro liado de su pitillera, que a menudo llevaba preparada para no cargar con el cuarterón de tabaco; y lo prendió con una cerilla que después agitó con violencia. Al guardar ambas cosas volvió a apretar con fuerza el sobre, que seguía en su bolsillo.
Sí, muy diferente era aquella vida tranquila de campesinos que no habían hecho otra cosa que trabajar, que él conocía, de la que ahora parecía ser, convirtiendo su entorno seguro en todo un abismo.
Pensó en su madre, que era tan servicial siempre con ellos, y que no hacía otra cosa más que lavar, cocinar y limpiar. La imaginó siendo cómplice de un asesino, tramando cómo esconderlo y cómo protegerlo. Huyendo. Silenciando aquella parte de su vida tal vez para que sus hijos no pudieran juzgarla, o quizás para evitarles correr ningún peligro. Descartó esa idea por parecerle imposible. Su madre era incapaz de tal cosa.
Una vez cruzado el Pont de Fusta, construido en 1960 tras la riada, pasó por la estación de trenes a la que habían bautizado con el mismo nombre.
Conforme avanzaba, viendo tan cerca el momento de leer aquel papel, su ansiedad crecía. Estaba tan inmerso en sus raciocinios que estuvo a punto de ser arrollado por el trolebús.
Cuando al fin llegó, al cruzar la cocina, vio a su madre destripando un par de sardinas saladas. Se acercó a ella por detrás, la abrazó y la besó en la mejilla.

—¿De dónde vienes hijo?
Su madre llevaba los bigudíes puestos. Iba perfectamente vestida y con el carmín bien untado en sus carnosos labios, lo que hacía contraste con el delantal que llevaba cogido sobre el pecho con dos imperdibles y que se ataba con fuerza a su poderosa cintura, marcando la línea en que su cuerpo rechoncho se partía en dos. El lazo del mandil le apoyaba sobre la parte alta del trasero, ya que este hacía ángulo recto con el final de su espalda. Su falda, por debajo de la rodilla, dejaba al descubierto sus piernas fuertes, y sus sandalias mostraban sus grandes pies, que a él le recordaban siempre a los de las esculturas de diosas griegas y madrazas espartanas. Ella se mimetizaba con las últimas, por el papel que desempeñaba en su hogar. Carlos había visto estas figuras en los museos a los que iba cuando eran gratis y en algunos libros que llegaban a sus manos casi sin que se enteraran sus padres, ya que la falta de medios les impedía dar a sus hijos esa cultura y él por su parte no quería hacerlos sentir mal. Sin embargo, todo lo desconocido le fascinaba.
—Madre, usted siempre con sus preguntas, he salido con los amigos a ver fallas, aprovechando que tenía el día libre en el trabajo.
Mientras hablaba salió de la cocina y se dirigió a su cuarto, se sentó en el suelo con la espalda pegada a la puerta, y sacó el pliego de papel.
Antes de abrirla respiró hondo cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás. Recordó las palabras de la rubia de pelo rizado:
—Tu padre mató al mío hace muchos años. Pagaron por sus pecados mi tía Irene y Arturo, su amante. Nos dejaron huérfanos a mi primo Curro y a mí.
— ¿Quién eres? ¿Por qué me buscas para decirme eso?
—No te puedo decir mucho más, salvo que esta historia no puede permanecer en el silencio por más tiempo. Habla con tus padres, pregúntales. Deben limpiar el honor de esas personas para que tantos que sufrimos por su culpa, estemos al fin en paz.
Aurora se sintió excitada por la situación. Una extraña atracción, incontrolable, la había asaltado al ver al joven la noche anterior en la puerta de su lugar de trabajo. Cuando un poco más tarde se encontraba frente a él en su propio hogar, con la intimidad que les proporcionaban las puertas, cortinas, paredes… su propósito firme se había visto menguado y sus palabras de reproche habían tomado una entonación diferente al salir moduladas por su sensible garganta.
Con ese discurso retumbando en su cabeza Carlos abrió los ojos, un poco más sereno, y se dispuso a desdoblar el pliego que le había dado Aurora.

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